viernes, 2 de agosto de 2013

Cadenas

Se despertó encadenado. El dolor en sus miembros hablaba de cansancio, de horas en la misma posición. No recordaba cómo había llegado allí, ni recordaba cómo había llegado aquella sangre ya seca a sus manos. Tampoco recordaba en qué momento le había crecido tanto el pelo, en qué momento había llorado (o en cuál había dejado de hacerlo) ni cuánto tiempo hacía que no veía la luz del sol.

No recordaba más  que lo que ya permanecía dentro de él como una verdad insoldable, eterna, mezquina. Su único recuerdo era la roca dura, los  grilletes oxidados. Su único recuerdo era la luz que provenía de la superficie, era el eco de las pisadas de las ratas, el sabor de las lágrimas y un dolor tan grande, como si hubiera perdido algo...

Quizá hubiera perdido algo, no era capaz de recordarlo. Pero suponía que sí. Bueno, más que suponer, algo se lo decía. Era como si en algún lugar de su mente un recuerdo oxidado quisiera ponerse de nuevo en funcionamiento, sin conseguirlo nunca. Quizá con el tiempo.



A ella el sabor de las horas se le hacía monótono. Cada dos días venía Alguien, no conseguía saber quién. Le habían vendado los ojos y había tenido que agudizar los otros cuatro sentidos para no volverse loca allí fuera. Porque sabía que estaba fuera. El viento era demasiado fuerte en algunos momentos, los rayos del sol abrasadores y las precipitaciones... Las precipitaciones no existían. Estaba en algún lugar tan alto que superaba la franja de las nubes. Eso explicaría también que no hubiera oído ni un sólo pájaro. Pero cada dos días venía Alguien.

Alguien le llevaba comida y la examinaba con la vista, pero nunca hacía ningún comentario. Sabía que la miraba por ese extraño cosquilleo que se le extendía por todo el cuerpo. Y la comida que le llevaba no podía llamarse realmente así. Bueno, podría si por "comida" se hubiese entendido alguna vez una serie de sueros destinados tanto a su alimentación, como a provocarle un continuo deterioro de la memoria. Bueno, tampoco de la memoria, tan sólo la memoria que se refería a él. Había un frasco, de entre los cinco que Alguien le daba a probar cada vez que la visitaba, que tenía ese efecto. Era algo que había averiguado a las pocas semanas de cautiverio, aunque no sabría decir el tiempo que hacía de eso. Por eso, cada vez que Alguien venía, procuraba beber sólo un poco de cada frasco. Así, ciertamente, iba aumentando la desnutrición. Pero conseguí también su principal objetivo: no lo perdía, no perdía su recuerdo, no perdía cada uno de los maravillosos momentos cuya penitencia ahora estaba pagando.

Ella estaba en lo más alto de la más alta torre, en el pico más alto de la montaña más alta del mundo. Y él, como los caballeros andantes que pasan su vida buscando a la princesa, vivía en lo más profundo del valle, en el más angustioso hastío. La única diferencia entre los cuentos y la realidad era que nunca se unirían. Que sus manos y pies estaban atados. Que no se darían el más bello beso, sino que recibirían el beso eterno de la muerte.

Quizá algunos pensasen que era una forma bella de morir, pero no veían nada bello en morir si no era el  uno en los brazos del otro.

lunes, 29 de julio de 2013

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No eran más que sus labios los que sonreían, aportando un deje raro a su mirada triste bajo las grandes pestañas negras como el satén. Esa mirada que me absorbía, que me atrapaba, que me hipnotizaba y no me dejaba salir. Esa mirada fría, esos ojos oscuros, esa necesidad de mirarla y a la vez echar a correr. Esas ansias de repudiarla y a la vez abrazarla muy fuerte.

Era la mirada de quien nunca había tenido nada; de quien lo había tenido todo, pero en su interior. ¿Y qué era yo, en comparación? No era nadie, no era nada si comparabas mi mirada con tintes de vacío con la suya, que tanto mostraba. No era mucho más que ese espectro que se sentaba con ella en la mesa, que admiraba la belleza de su armonía fija, que bailaba entre la sombra de sus pestañas y que besaba con la mirada cada centímetro de su piel impoluta, de las fŕagiles ondas de su pelo. No era yo más que una mera espectadora, muda, callada, que contenía el aliento queriendo hacer eterna su belleza efímera, queriendo fotografiar cada cadencia en sus movimientos, cada suave matiz en la curva de sus labios.


No era más que el director loco por la fuerza de su mirada, no era sino el turista maravillado ante la más plena obra de arte. Era sólo yo. Y ella lo era todo.



Oí sus pasos y forcé un poco más la sonrisa. Guardé el espejo de mano y me levanté para saludar a mi verdadera cita de esta noche, quien no sería capaz de apreciar ni la mitad de los suaves matices que me hacían tan bella aquella noche.


domingo, 19 de mayo de 2013

Miedo

La chica corría por el pasillo, asustada, buscando con los brazos alguna salida que la alejase de la luz que parecía engullirla.

Sus pasos se alejaban cada vez más de esa luz que la llamaba y la absorbía. Pero ella tenía muy claro que no quería pertenecer a la luz.

Y corría, y corría hasta que sus manos toparon con un recodo. Asustada por el rápido avance de la luz, giró sin cercionarse del peligro que había más allá, sin ser consciente de la luz que venía de frente hasta que le quemó las retinas acostumbradas a la penumbra.

Ahora ya no existe para ella más que la oscuridad tras sus ojos demacrados, ya no controla el avance de la luz, ya no imagina lo cerca que está de ella, las suaves caricias en la piel de sus piernas que tiemblan por el miedo de lo desconocido.

La precipitación nos ciega, y la ceguera nos hace débiles. Y no se es más débil que con miedo.

Pero, por desgracia, el miedo es el artífice de nuestras vidas.

miércoles, 20 de marzo de 2013

La razón de tu sonrisa

Hoy, cariño, quería decirte que quiero ser la razón de tu sonrisa. Quiero que me mires y que se empequeñezcan tus ojos azules, quiero que te salgan hoyuelos en las mejillas, quiero que ladees la cabeza mientras te ries y que el pelo se haga una cascada al lado de tu cara.

Por qué quiero hacerlo deberías saberlo, creo que lo saben muchos aparte de nosotras. Porque si tú eres la razón de mi sonrisa, es lo mínimo que puedo hacer. Porque si eres tú quien me aplaude cuando caigo, si eres tú la que me ha enseñado que se puede hacer una nona para estudiar, si eres tú quien da ese punto absurdo y fresco a mi vida es lo menos que puedo hacer.

No voy a decir que andaba a oscuras, porque ya vinieron otros antes que tú que pusieron luz. No voy a decir  que no sabía andar, porque también me habían ya enseñado. Pero en ese mundo iluminado me sobraban los pies, me faltaba la dirección y no encontraba el camino.

Y de repente, poco a poco, se fueron perfilando en mi horizonte tus ojos, tu desordenado pelo, tu sonrisa medio torcida y ese ademán sexy que te sale sin tú quererlo. Y ya tenía todo lo que necesitaba; es como si fueses la pieza que faltaba a este puzzle que es mi vida. Ahora ya tenía la visión, los medios y el objetivo, que era esa sonrisa en el horizonte.

Me enseñaste, sin embargo, a descubrir atajos; que a veces salirse del camino de buscar tus carcajadas no son sino otro medio de encontrarlas aún más rápido; que salirse demasiado podría provocar la pérdida del objetivo.
Me enseñaste tanto que no puede decirse con palabras, porque cosas como la entereza, la fortaleza o el uso de la ironía no se pueden describir. Me enseñaste a sacar los dientes a quien me ofende y a no dejarme amedrentar.


Me has hecho un poco tuya y yo te he hecho un poco mía, y ahora todos saben que no hay una sin la otra. Y doy gracias, porque no me agradaría perderte. Porque a pesar de que a veces me salga demasiado del camino, el objetivo no cambia y mis pasos van encaminados hacia él.

De cómo conseguí los medios (los pies, la energía, la luz) no tardaré en hablar a mis queridos lectores, pues fue también gracias a tres personas que lo cambiaron todo. Sin embargo, la persona a la que le digo esto debería saber que va por ella. Mi reactivo limitante que impide que reaccione por completo, la cara que se esconde tras mi cruz.

La sonrisa que hace que realmente me despierte por las mañanas y a la que despido cada noche. Gracias por todo, y ojalá no me faltes nunca.
Y no lo olvides, si quieres llorar estoy aquí a tu lado.
Sonríe y utiliza tu boquita, sé que con ella harás cosas maravillosas.

sábado, 2 de marzo de 2013

No llores, cariño.

Supongo que nada va a cambiar por decirte esto, que nada va a ser distinto, que no vas a dejar de sufrir. Pero déjame al menos que intente hacerlo, porque es lo que siento que debo hacer.

Sé que a veces todo se junta, que la vida no nos recompensa como debiera. Sé que debías ser ahora tú quien iniciase el baile, sé que el esfuerzo debería tener una recompensa. Pero no siempre lo tiene. A veces, correr mucho no significa tocar el balón, sino dejar de molestar para que un compañero pueda meter gol. Otras veces, el ejercicio no nos ayuda a perder peso, sino que evita que perdamos un miembro para siempre.

Las cosas no son siempre como podríamos pensar en un principio, pero de cada parte mala podemos sacar alguna buena que nos haga sonreir, podemos pensar que hay algo que nos haga seguir adelante, algo que valga la pena.

Lo único que vengo a decirte es que no quiero verte llorar. Porque cada vez que tú lloras pasan miles de cosas. Cuando tú lloras se te arruga el labio superior, te agarras las manos como si hiciera frío. Se te cierran los ojos y cruzas las piernas, independientemente de donde estés. Y, ante todo, cuando lloras caen lagrimitas a tu alrededor.  Lagrimitas que son trocitos de ti, que son partes de tu alma que te duelen y quieres expulsar. Y no quiero que tengas que expulsar nada de ti, porque quiero que te quieras como nunca te ha querido nadie. 

Porque quizá no seas la más guapa, la más lista, la más simpática o cariñosa. Quizá nunca ganases a nada, quizá fueras una manca en tus juegos favoritos. Pero, ¿sabes qué? No me importa. No me importa y no debería importarte a ti tampoco. Porque puede que no se te de bien lo que a otras personas sí, pero hay algo que se te da mejor de lo que nunca se le va a dar a nadie: ser tú misma.

Y tú no eres la mejor del mundo, ni la peor. Sencillamente, eres una más del montón. No entiendo para qué quieres más, si eres capaz de encontrarte a ti misma dentro de ese montón de personas anodinas. No necesitas ser nada especial si eres capaz de hacerme especial cada vez que me miras, cada vez que me hablas. No necesitas ser una princesa, porque tu reino lo tienes detrás de tus ojos.

No quiero que te creas más de lo que eres, porque ser tú ya es un mundo. Sólo te pido que no me llores, cariño, porque cuando se te empañan los ojos es cuando no sé a dónde mirar, porque me falta la guía de tu sonrisa.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Madrastra

Todos sabemos el relato de Blancanieves,¿ verdad? Claro. ¿Quién no conoce la primera película del gran Walt Disney, la primera princesa de animación?

Y, por supuesto, todos conocen a la madrastra. La Malvada Madrastra, para la mayoría de vosotros. La Fea del Espejo, para otros.

Pues bien, esta madrastra se dirige hoy a vosotros para contaros que quizá la historia no es tal y como vosotros la conocéis, y que puede que el punto de vista cambie mucho la historia.

Según todos creen, me casé con el padre de la bella princesita para vivir de él en esa especie de mansión/palacio que todos conocemos.Pensadlo. Si me hubiera casado con un hombre lo suficientemente rico para tener un palacio, ¿no me habría sido mucho más cómodo contratar a un servicio antes que tener a la hija de ese hombre limpiando?

No, mis animalitos. El pobre hombre (James que se llamaba) era un viudo caído en la miseria, sin un duro, sin trabajo ni oficio conocidos, que una vez muerta su mujer no tenía a nadie a quien chupar la sangre. Cierto es que me enamoré de él, pero en mi defensa argumentaré que fui engatusada por su labia y su forma de mirarme. Por desgracia, cuando nos mudamos la cosa cambió mucho. Esos piropos y miradas lascivas que me propiciaba se convirtieron bien pronto en golpes y gritos, en moratones con mi nombre.

Es cierto que me cansé, que quise devolverle todo el daño que me había hecho y me seguía haciendo. Y lo pagué con su hija. Pero, no nos engañemos, la niña no era ni de lejos como pinta la historia. Cambiad la piel blanca por unas manchas algo incómodas de mirar, como si fuera un pálido leopardo con anatomía humana. Trucad  los carnosos labios en delgadas lineas siempre apretadas en una mueca de disgusto por y para todo. Y ahí la tenéis. La hermosa Blancanieves de la que habéis pasado media infancia enamorados, a quien gustabais imitar cuando erais más niñas, no es más que una niña fea y consentida que no es capaz de hacer la O con un canuto. La pobre niña hacía de su vida un mundo, de cumplir con las mismas labores con las que yo cumplía una desgracia permanente.

Pero el servicio (que al igual que todo, debemos rebajar a unos niveles bastante más pobres que los de la historia que conocemos) no era más que un ingenuo porquerizo que dejó escapar a la niña a cambio de no sé qué favores que tampoco quiero investigar. Claro que me enteré de que no había cumplido la tarea. Claro que la busqué. Pero no vivía con unos enanos mineros como creeis, sino que la encontré en una cueva intentando sin éxito hacer fuego para espantar a los lobos que ya se peleaban por sus casi inexistentes carnes. Al final no la maté. La dejé a merced de los lobos que, igualmente, acabaron por matarla.

Vale, podría decirse que la maté. Tampoco nadie la iba a echar de menos. Bueno, a excepción de ese príncipe que ¡Oh, Dios mío! ¿Olvidé decir que no existe tal príncipe? Espero que a estas alturas al menos lo hubieseis intuido. Alguien decidió darle un final feliz a la historia, no pasó más. Blancanieves (cuyo nombre real podéis imaginar era otro bien distinto) murió en el bosque, rodeada por los lobos que más tarde se pelearían por roer sus huesos.

Al menos ella murió. Cuando James se enteró por el porquerizo de mis planes para con su hija mis problemas fueron peores que los suyos. Las peleas se convirtieron en algo diario y el color de mi piel acabó mutando de un saludable rosado a un triste malva. Y nunca acababa. Al final él murió antes que yo, habiéndose gastado casi toda mi fortuna en Dios sabe qué negocios que nunca vieron la luz, habiendo acabado con mi salud mental para siempre y habiendo hecho de mí una completa desgraciada. Y yo me pasé media vida deseando haber sido ella, deseando haber muerto libre en el bosque en lugar de haber vivido junto a su padre aquel desastre de vida.

Sólo quiero demostrar que las historias más populares no son siempre las reales, que dependiendo del punto de vista todo puede ser muy diferente. Y que los cuentos son siempre más bonitos que las historias reales pero que desgraciadamente son lo menos frecuente.

martes, 6 de noviembre de 2012

Hoy me acordé de ti.

Hola.

Sólo quería saludarte, saber qué es de tu vida, qué haces con tu tiempo, si sigues riendo y llorando como antes.Yo sigo bien, con mis problemas, mis líos tontos, mis sonrisas intensas y mis problemas fugaces.

Hoy me acordé de ti, hoy volví a oir tu voz y tu respiración agitada, volví a recordar cuando me querías y yo no sabía como darte lo que no podía darme ni a mí misma.Y quise hablarte. Y, como acordamos, no te encontré por más que quise buscarte.

Espero que todo vaya bien, que hayas vuelto a ser feliz. Seguro que ya hay otra que se atreva a calentar tu cama como yo nunca pude hacerlo, seguro que ahora es otra persona quien te insulta y te dice te quiero, quien comparte contigo hasta el último segundo de su vida. Seguro que le gusta, como me gustaba a mí.

Espero también que cambiasen las cosas, que fortuna pasara cerca de tu vida, que el trabajo, el dinero, la salud, sean más propicios de lo que auguraba tu entorno. Espero que los astros jugasen de tu parte, espero que seas feliz.

Pero hoy vengo a darte las gracias, aunque no lo parezca, por haberte ido. Porque, a pesar de cuánto te echo de menos, sé que estoy mejor así. Sé que he avanzado mucho desde que no te encuentro, sé que contamos más separados que juntos. A día de hoy, si bien no todo es como yo quisiera, ni como ambos esperábamos que fuese, si es mejor de lo que nunca ha sido. O quizá soy yo, que estoy cambiando.

Quizá la presión no fuera sólo de mi entorno, quizá también tú aportases tu granito de arena.Quizá fuera yo que me sentía culpable por hacerte daño, quizá tú que no entendías mi complicada forma de ser. Como fuera, ya no importa, todo ha acabado.

Y como hoy te eché de menos, empecé a pensar en todo esto. Comencé a oir las distintas voces de mi conciencia, que llevaban tiempo invitándome a pensar en ti aunque mi cabeza intentara expulsarte llenándose de otras cosas.

Hoy me senté a dialogar con mis ideas, tomé un café con mis recuerdos y tendí la mano a los rencores que tenía contra mí misma por lo que te hice. Porque lo hice mal.

Quizá si yo fuera diferente, hubiéramos llegado a otro puerto. Pero cariño, soy a la vez olas y pasajero en este bote a la deriva, y lo mismo me quejo de las circustancias que las desencadeno. Hoy por hoy no me arrepiento de lo que hice, aunque sí de la forma en que lo hice. De cualquier manera, es tarde para volver atrás, pronto todo esto quedará en el olvido.

Sólo quería decirte que hoy me acordé de ti, y que fue bonito escuchar tu voz. Pero fue más bonito aún caer en la cuenta de que no voy a volver a escucharla, porque ya no eres parte de mi vida, porque he aprendido a ser feliz sin que seas mi salvavidas. He aprendido a nadar en mis propias olas, ya no me importa caerme del bote.

Espero, eso sí, que tú hayas llegado al puerto sano y salvo, sin más daño que un simple arañazo que sanará en poco tiempo. Y, ante todo, espero que seas feliz sin mí, como yo lo soy sin ti.

Hasta siempre,

La nunca más musa de tu simpatía.